Las galletas del aeropuerto

Hace ya algunos años en cierto viaje largo, me tocó hacer una escala en la Ciudad de México, tenía una hora para esperar mi segundo vuelo y me pareció buena idea comer algo mientras llamaban para el nuevo abordaje, así que me dirigí a una de las tientas del lugar y tomé una caja de galletas de mantequilla, me encantaban de niño y creía que ya no las vendían, así que pagué el excesivo precio con el que el puesto del aeropuerto las vendía y las guardé en mi mochila pensando en acompañarlas con un café del mismo lugar.

Sentado en medio del aeropuerto casi lleno, tomé el empaque de galletas, saqué la canastita de plástico en la que venía y la coloqué en el asiento de mi derecha, sobre la envoltura azul, eran pocas galletas, así que tenía que disfrutarlas, tomé una galleta, y la mordí, intentando recordar la última vez que las había comido, le di un sorbo al café y al posar mi mano sobre la canasta para sacar otra galleta, sentí una mano sobre ella, volteé extrañado y la persona que se encontraba en el asiento contiguo a la caja, estaba tomando una.

Por la sorpresa no supe que decir, solo pude limitarme a ver como tomaba la galleta y se la metía a la boca, ¿Cómo era posible? tan caras que estaban y tenía que compartirlas con un extraño, ¿acaso tenía tanta hambre como para robar alimento? no parecía ser pobre, ni siquiera se veía mal vestido, era un joven bastante “normal”. No me podía imaginar como podía alguien podía tener tanta desvergüenza como para hacer algo así como sí no le importara nada.

Tomé otra galleta indignado mirándolo fijamente, él no parecía preocupado, ni siquiera notaba mi mirada, se encontraba absorto en un viejo libro, “se habrá equivocado” pesé, e intenté calmarme, así tome otra galleta nuevamente y cuando menos lo esperaba, agarró otra, ¡Esto ya no era un error!, ¡lo hacía a propósito! Tomé las dos galletas restantes, me las metí a la boca de una, levantándome enojado para marcar mi mochila y alejarme de ese tipo tan desagradable, que aun así tuvo el descaro de gritarme buen viaje mientras me alejaba.

Hice cola por unos 5 minutos esperando a que fuera mi turno de abordar, todo este tiempo rumiando la situación anterior, estaba tan molesto y ensimismado en mis pensamientos que no me di cuenta cuando ya era mi turno de pasar, hasta que el guardia me pidió los documentos de abordaje, y al abrir la mochila para sacarlos encontré mi paquete de galletas, tan nuevo y cerrado como lo había comprado en aquel local hacía media hora.

Puede haber muchas moralejas para esta historia, desde la importancia de hablar para resolver problemas fácilmente o la fuerza que tienen algunas creencias que a pesar de parecer lógicas, no son del todo racionales y solo nos hacen daño quitándonos la oportunidad de ver más allá de lo que creemos.

Pero dejaré que seas tú quien llegue a una conclusión preguntándote ¿En qué se parece esta historia a tu vida?

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