Mi nueva realidad

Alguna vez leí por ahí que “no crecemos cuando las cosas son fáciles. Crecemos cuando enfrentamos retos” y es precisamente esta frase la que define hoy por hoy la historia de mi vida; que ha emigrado de ser un cuento rosa de princesas a una desafiante trama de guerreras valientes: con mi vocación como armadura y el alma como escudo, siempre dispuesta a luchar.

Soy una mujer de 35 años y médico de profesión, especialista en medicina familiar adscrita a una UMF en provincia. Tengo asignado turno vespertino con jornadas “oficiales” de lunes a viernes, sin embargo, esto no es una limitante para mi espíritu de ” Doctora 24/7″, pues me encanta estar disponible a toda hora y todos los días que puedo, porque realmente amo lo que hago y el poder servir a la gente.

¿Y cómo no hacerlo? si tengo el ejemplo en casa. Crecí en una familia tradicional, mi hermano y mi padre, médico con más de 50 años de experiencia y quienes han sido el ejemplo y baluarte de mi vocación. Y este es precisamente mi gran desafío: lograr desarrollar en plenitud y equidad mi profesión en medio de una familia patriarcal, donde predomina la voz de los médicos hombres y el “machismo” aún representa un reto para la niña de la casa, la mujer idealista y la médica comprometida. Les comparto cómo esta pandemia vino a cimbrar la vida de todos, pero sobre todo de los médicos y servidores de la salud que más allá de nuestras profesiones tenemos familias y afectos que nos ponen al filo de esta “nueva realidad” y cómo el COVID 19 se convirtió, de la noche a la mañana, en la oportunidad personal para reafirmarme como la mujer que soy y dejar en claro que la fortaleza y vocación de servicio no tiene edad, ni género.

 Esta es mi historia: Todo comenzó a mediados de marzo cuando aumentó la incidencia de COVID en mi comunidad. En ese momento yo sabía que estaría expuesta, lo que pondría en riesgo a mi familia en casa conformada por mis padres (ambos adultos mayores con múltiples comorbilidades), una hermana asmática y mi sobrina menor de 5 años. En ese momento mi mayor miedo no era yo, si no ellos, que son el pilar y sustento de sus hermosas familias. Por lo cual decidí mudarme y es ahí donde me topé con el primer tropezón: la ignorancia y el miedo de la población; tanto era el prejuicio ante la pandemia que en múltiples ocasiones me negaron la renta de una estancia al enterarse de mi ocupación.

¡Por fin lo logré! a mediados de junio, siete días previos a mi mudanza a un departamento rentado (por cierto, a nombre de alguien con ocupación “no riesgosa”), se cumplió uno de mis más grandes miedos: aquel virus tan temido y desconocido por todos, había entrado a nuestro hogar, mi madre de 65 años, con obesidad, diabética e hipertensa sería mi primer reto profesional y personal. Se nos caía uno de los pilares de la casa y sombra de mi padre, en esta ocasión me tocaría ser ama de casa, “esposa”, hija y médico a la vez. Era hora de poner en práctica en casa lo antes aprendido en hospital y múltiples cursos en línea, técnicas de aplicación de EPP, tratamientos y sobre todo prevención; hice de casa un mini hospital, adiestré a cada uno de los integrantes de los cuidados y nuevos roles a asumir y comenzamos a poner manos a la obra, con muchísimo miedo, pero siendo más grande mi confianza en Dios y el amor a ellos que mis temores o inseguridades.

Todo iba bien (hasta cierto punto) con días buenos y malos, con subidas y bajadas de oxigenación, pero estable. A los pocos días de estar adaptándonos a nuestros nuevos roles, a mi jornada laboral en hospital y en casa, mi miedo creció y volví a ver de frente al virus amenazando nuevamente a un integrante más de mi familia, mi hermano de 39 años, sano, deportista y cuyo único factor de riesgo era ser médico, iba camino al hospital con muy mal estado general. Decidimos emboscar su internamiento y llevármelo a casa bajo mi cuidado, aislado de su pequeño hijo de alto riesgo; esta vez la prueba crecía de nivel, llevaba a mi cargo, no solo a mi hermano mayor, si no a un colega (de los pacientes más difíciles de tratar en todos los aspectos) era un hilacho sin voz ni fuerza. Mi casa se había convertido en mi hospital particular con habitaciones personalizadas para cada integrante, tanto para sanos como para enfermos.

La sala se había convertido, ingeniosamente por mi hermana, en mi suite presidencial donde se me facilitaban todas mis tareas diarias, aquella “niña” de sexo débil ante los ojos de mis padres y hermanos se había convertido en la persona más fuerte que nunca se pudieron imaginar. Tras una guardia en casa, en mis minutos de descanso intentando sobrellevar una relación a distancia, con la única persona ajena al virus en ese momento, recibí una llamada inesperada de quien sería mi próximo paciente, pero en esta ocasión a control remoto, la hermana menor de mi mamá, de quien todos temíamos su contagio; estaba grave, hospitales saturados y sin médicos dispuestos a atenderla, posterior a recorrer hospitales sin éxito y realizar mil llamadas se convirtió en mi tercer reto en lo que iba del mes, el virus parecía desafiarme cada día más y la suerte burlarse de mí.

Los cuatro vivíamos y avanzábamos un día a la vez, mis redes sociales se llenaban de esquelas, mi área laboral cada día era más estresante, tenía menos compañeros activos, mis amigos aislados por contagios; mis videos más vistos eran rezos, los desvelos y el uso permanente de EPP me estaban cobrando factura y uno de mis apoyos y lo único “estable” en ese momento (mi relación) se estaba a punto de desplomar. Pero no me pensaba dar por vencida tan fácilmente, aún tenía seres queridos de riesgo que proteger que no dejar de cuidar y otros 3 que dependían de mí para lograr salir. Mi miedo ya se había convertido en resiliencia y mi familia en mi pila y mayor aliciente, mi hermano y mi mamá avanzaban favorablemente pero mi tía tenía más bajas que altas, mi papá y yo éramos un equipo médico perfecto. Toda la familia hacíamos homeóstasis impresiónate desde el más grande hasta el más pequeño de mi casa.

Parecía que el virus ya era más mi amigo que enemigo cuando la vida decidió ponerme una prueba más y una madrugada mi compañero de equipo (mi papá) se puso más blanco que un papel y vulnerable que un bebé, a pesar de todo mi esfuerzo por evitar contaminarlo y de no tener contacto con los enfermos, su tomografía nos mostró COVID estadio intermedio, ni en mis peores pesadillas creí vivir esto. Tras muchos días de rezos y plegarias, Dios comenzó a manifestarse de manera impresionante, mi hermano ya estaba en su casa en recuperación, mi mamá reincorporándose a su vida diaria, mi papá completamente asintomático, mi tía en terapia intermedia tras muchas complicaciones en proceso de recuperación, mi hermana y su pequeña sanas en medio de todo el caos y yo negativa a la enfermedad y más fuerte que nunca.

Tal como las mariposas, logré salir del capullo sacando lo mejor de mí por mi familia. Sin embargo, más allá de mis afectos personales, tengo la convicción de servir a todos mis pacientes por igual. Me he convertido en la médica de la guardia vespertina y a su vez en la doctora vía remota de decenas de pacientes que cuentan más allá de una receta, con mi atención personalizada en todo momento por medio de una llamada o un mensaje diario, porque estoy convencida que el mejor complemento de los medicamentos y las vitaminas es la calidez y el afecto.

Aprendí que soy una mujer que nació para servir y en ese servir esta mi misión, lo hago con amor y entrega total, lo hago feliz y valiente por que se quién me cuida y quien dirige mis pasos. Gracias a esta época conocí de lo que soy capaz y estoy descubriendo mi fuerza. Y sigo aquí con una visión diferente y un espíritu fortalecido, dispuesta a seguir haciendo frente en primera línea lo que esta “Nueva realidad” nos depare.

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