La importancia de formar adolescentes afectivamente sanos

Hoy en día, podemos detenernos a observar la personalidad de un adolescente, y muy seguramente encontraremos que, la afectividad suele ser una de las partes más condicionadas y problematizadas de esta etapa de desarrollo, quizá, como consecuencia de una errónea o ausente educación afectiva por parte de los adultos que les rodean. Como consecuencia de esto, el adolescente podría  experimentar una serie de carencias afectivas que muy probablemente, lo orientarían a uno de los siguientes resultados:

  • Insensibilidad afectiva: podemos observarlo en aquellos chicos que se muestran fríos, desinteresados, con falta de habilidades para comunicar o expresar lo que sienten ante personas, momentos o acontecimientos, sin iniciativa y con valores pobremente definidos.
  • Afectividad violenta o pasional: aquellos chicos que presentan un ánimo inestable y cambiante, es decir, su hipersensibilidad los lleva a polos extremos, ya sea a desbordar o a reprimir lo que sienten a causa de un pobre manejo de sus emociones.

Lo anterior, se podría explicar a partir de una carencia o una inadecuada expresión de amor y valores desde la infancia, por la imposición autoritaria de los padres, que priva, no solo de razones, si no también del derecho a participar de las reglas y normas establecidas en casa, e incluso, como consecuencia de un amor sobreprotector que en ocasiones es débil e incluso egoísta, llegando a buscar en ellos la exclusividad del cariño.

De esta manera, podemos inferir que,  la razón principal que conduce a una persona a la inadaptación social, es una afectividad mal entendida; es decir, el hecho de que una persona no logre construir un proyecto de vida que le permita diferenciar, elegir y formularse metas, lo podría conducir a desarrollar conductas autodestructivas o desaprobadas socialmente que, en un caso extremo le llevarían a desarrollar una personalidad criminal. Es importante, entender la afectividad como aquello que engloba, no solamente nuestras emociones, si no también nuestros sentimientos, nuestro intelecto, lo evolutivo, lo instintivo y lo intencional.

Esta afectividad mal entendida puede ser originada por tres razones:

  • Carencia de afectividad familiar
  • Carencia de afectividad social
  • Carencia de habilidades de comunicación

¿Cómo formar una afectividad sana en el adolescente?

1.- Trabajar en su autoconocimiento. Es importante tener una idea precisa de lo que realmente somos, conocer nuestros impulsos, deseos, necesidades y motivaciones de nuestro yo real, siendo conscientes también, de aquello que queremos alcanzar ser.

2.- Fomentar su autoaceptación. Esto implica aceptar el propio cuerpo, su sexualidad y genitalidad, sus emociones e impulsos, de manera que le permitan decidir y actuar con tal libertad que no involucre culpa.

3.- Crear situaciones que lo lleven a poner a prueba sus temores. Practicar cosas nuevas, que impliquen riesgos e ir fuera de su propia comodidad, experimentar cosas nuevas, con el fin de poner a prueba su autocontrol ante diversas situaciones y su compromiso ante las responsabilidades.

4.- Buscar nuevas formas apropiadas de expresar el amor y de reconocer sus frutos. Ayudarle a ver el rechazo o la crítica como una posible respuesta del otro, más no como una limitante ante su capacidad de amar, alentarle a reconocer las formas en que más le agrada recibir y expresar amor, reconociendo que esto puede variar de una persona a otra.

5.- Hacer conciencia de sus propios límites. Invitarle a aceptar el apoyo ante las dificultades personales, a reconocer aquello que no le aporta o le lastima, su necesidad de afecto, lo que busca para su proyecto de vida, reconociendo en esto, el rol e importancia de cada una de las personas a su alrededor.

Es importante también, enseñarle al adolescente a diferenciar entre los diferentes niveles afectivos que puede experimentar a lo largo de su vida y en los diferentes contextos en los que se relaciona, de manera que al reconocerlos, sea consciente de aquello que puede esperar del otro, logrando así identificar lo que es apropiado dar y expresar en cada nivel, sin llegar a confundirse, o a ser lastimado por anteponerse a expectativas irreales.

Primer nivel. Estadio en el que nos encontramos aislados y existe la carencia totalmente de un lazo afectivo.

Segundo nivel. Corresponde a una relación superficial, formal, en la que existe comunicación y cosas en común, sin embargo, no existe un nivel profundo de sensibilidad (Relaciones de trabajo, compañeros de clase, etc.).

Tercer nivel. Propio del enamoramiento, experiencia efímera  y transitoria, caracterizada por  impulsos hacia el otro, idealización del ser amado, deseo, fascinación por la presencia física, dolor ante la ausencia, enaltecimiento de la realidad, negación de los defectos y exageración de las cualidades.

Cuarto nivel. Amistad, relación recíproca que permite la comunicación, el interés por conocerse, por dar, por construir, que puede llevar al enamoramiento o surgir después de este, sin embargo, tiende a ser más estable e incluso perdurable, gracias a que se encuentra basado en una percepción más apegada a la realidad.

Quinto nivel. Amor de pareja, requiere estabilidad, responsabilidad,  fidelidad, permanencia en tiempo y cercanía en espacio, en él se goza de una atracción sexual, siendo la unión de dos personas que continúan conservando su individualidad aún cuando construyen un proyecto de vida juntos.

Sexto nivel. Relación afectiva que procura el bien de otro, de manera desinteresada, encontrando en ello la compasión, el perdón, la misericordia y la caridad, que puede existir incluso de forma unilateral, sin que esto sea algo doloroso y, aun cuando la otra parte no sea una presencia deseada.

Cuando hablemos de educación afectiva, será importante que tomemos en cuenta orientar al adolescente positivamente, es decir, enseñarle en el sentido de lo que es preciso hacer, evitando hacerlo desde aquello que no debe hacer o debe reprimir. Necesitaremos guiarle a construir sus propios valores y criterios, antes de imponerle los nuestros, sobre todo, acompañándole en el vivir de estas experiencias en sus situaciones reales y presentes, para ello, necesitaremos conocerle, estando cerca de ellos, interesados en su día a día, comprendiendo que una parte natural del adolescente es intensificar las emociones ante las situaciones que viven y que difícilmente verán las cosas como un adulto.

Finalmente, será necesario que fomentemos la comunicación espiritual, antes de la relación corporal, guiándole a identificar aquellos sentimientos que son vitales para él, cuáles son placenteros o dolorosos y cuáles pertenecen a exigencias externas.

Regalemos a nuestros adolescentes motivos para vivir y para tener esperanza.

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